En las noches calurosas del Japón del periodo Edo (1603-1868), había un juego que se practicaba cuando caía la oscuridad. Un grupo de personas se reunía, encendía cíen velas y empezaba a contar historias de fantasmas, apariciones y sucesos difíciles de explicar. Después de cada relato, se apagaba una luz. El cuarto se volvía un poco más oscuro, el aire parecía más frío y cualquier sombra empezaba a parecer sospechosa.
Ese juego se conocía como Hyakumonogatari kaidankai, algo así como una reunión de cien historias extrañas.
Hoy, Hyakumonogatari es mucho más que un viejo pasatiempo. Remite a toda una tradición de relatos de fantasmas japoneses y a esa mezcla tan particular de miedo, curiosidad y placer de contar historias cuando ya es de noche. Y precisamente de ahí parte también la colección Hyakumonogatari de Makoto, nuestra línea dedicada a los relatos japoneses en los que lo inquietante, lo fantasmal y lo extraño ocupan un lugar central.
Una noche, cien historias
A primera vista, la idea es sencilla. Un grupo de narradores y oyentes se reúne en una habitación, enciende cíen velas y empieza una ronda de kaidan, es decir, historias de fantasmas y terror.
Cada vez que una historia termina, se apaga una vela.
Y ahí empieza de verdad el juego.
Con cada llama que desaparece, el espacio cambia. Las personas se sienten un poco más cerca unas de otras, las sombras se alargan y cualquier ruido pequeño parece cobrar importancia. No era solo cuestión de escuchar cuentos de miedo. Era también dejar que la habitación se transformara poco a poco.
Según la creencia tradicional, cada historia abría un poco más la puerta al mundo de los espíritus. Cuando la última vela se apagara, algo podría manifestarse. Precisamente por eso, muchas rondas no llegaban hasta el final. A menudo se detenían en la historia noventa y nueve. Quedaba una vela encendida y una historia sin contar. Así se podía presumir de valentía sin comprobar qué ocurría de verdad cuando todo quedaba a oscuras.
“Con cada historia contada, la oscuridad se hace más prominente, difuminando la frontera entre nuestro mundo y el sobrenatural. ¿Qué aparecerá cuando no haya luz?“
Cómo se jugaba Hyakumonogatari
Un círculo de luces y una ronda de historias
En la versión más sencilla del juego, los participantes colocaban cien velas o farolillos de papel en círculo. El grupo se sentaba en medio o en semicírculo y empezaba la ronda. Cada persona contaba una historia y, al acabar, apagaba una de las luces. Bastaba un pequeño soplido, un gesto cuidadoso con la mano o un apagavelas.
Cuanto más avanzaba la noche, más se imponía el parpadeo de las pocas luces que quedaban.
Las historias no tenían por qué ser inventadas. Muchas veces eran sucesos que alguien juraba haber oído en su pueblo, en su familia o durante un viaje. Quien quería aportar algo nuevo buscaba relatos en colecciones recién publicadas o reunía rumores y testimonios por el camino. Al final, en una misma velada podían convivir folclore, recuerdos y cultura impresa.


Espejo, cuarto oscuro y prueba de valor
Había también versiones más elaboradas, y bastante más tensas del juego. En algunas, no se usaba una sola habitación, sino tres. En una de ellas se colocaban noventa y nueve faroles encendidos y un pequeño espejo sobre una mesa baja. En la sala principal se sentaban los participantes. Entre ambas quedaba un cuarto a oscuras.
Después de cada historia, quien la había contado tenía que levantarse, atravesar solo el espacio oscuro, entrar en la habitación de los faroles, apagar uno, mirarse un instante en el espejo y regresar por el mismo camino.
La historia, por tanto, no terminaba del todo cuando se acababa de contar. Continuaba en el cuerpo. En el silencio. En el paso por la oscuridad. En esa sensación tan humana de que quizá no hay nada ahí, pero tampoco estás del todo seguro.
Por eso Hyakumonogatari no era solo un entretenimiento. También tenía algo de rito, de juego social y de prueba de coraje.
Un origen ligado al periodo Edo
No todo el mundo está de acuerdo sobre el origen exacto de esta costumbre, pero muchos investigadores creen que sus primeras formas estuvieron vinculadas a los samuráis. En algunos textos antiguos aparece como una especie de desafío o prueba de valor entre jóvenes guerreros. Reunirse, contar cien historias y aguantar hasta el final sin mostrar miedo también tenía que ver con la reputación.
Se jugaba sobre todo en verano. Y eso tampoco es casual. En Japón, las historias de fantasmas han estado tradicionalmente muy ligadas a los meses más calurosos, quizá porque el escalofrío del miedo se entendía también como una forma de alivio en mitad del bochorno. Además, en esa misma época se celebra el Obon, la festividad en la que las almas de los difuntos regresan simbólicamente al mundo de los vivos. Esa idea de una frontera más tenue entre ambos mundos hacía que Hyakumonogatari resultara todavía más sugerente.
También hubo versiones con un trasfondo religioso o moral. En algunas fuentes tempranas aparecen series de cien relatos con intención budista. Pero con el tiempo el foco fue desplazándose hacia lo espectral, lo maldito y lo extraño.
De la casa al mercado del libro
Contar cien historias en una sola noche no era fácil. Muy pronto las leyendas conocidas dejaron de ser suficientes, y la gente empezó a buscar nuevos relatos. Se recogían historias sobre yūrei, esas figuras fantasmales del imaginario japonés, luces misteriosas sobre los arrozales, voces nocturnas en casas vacías o encuentros inquietantes en caminos solitarios.
Con la expansión de la xilografía y del mercado editorial en el periodo Edo, empezaron a circular numerosas recopilaciones de kaidan. Los editores reunían relatos de distintas regiones y prometían a sus lectores noches de auténtico desasosiego. Algunos de esos libros ya llevaban en el propio título la idea de las “cien historias”, señal de hasta qué punto Hyakumonogatari se había instalado en la imaginación de la época.
Así fue como este juego salió del espacio doméstico y pasó al terreno de la literatura. Lo que había empezado como una ronda oral de una sola noche se convirtió en una tradición cultural y narrativa con vida propia. Muchas de las imágenes que hoy asociamos con los fantasmas japoneses nacieron o se fijaron precisamente en ese momento: la figura flotante vestida de blanco, el cabello largo y suelto, el gesto extraño de los brazos, la presencia que parece estar ahí y no estar del todo.

Por qué estas historias siguen vivas
Hyakumonogatari no se quedó encerrado en el pasado. Su huella sigue apareciendo en películas, series, manga y videojuegos. A menudo no lo hace de manera literal, pero el esquema es reconocible: un grupo se reúne, empieza a contar historias, una luz tras otra desaparece y, poco a poco, algo deja de pertenecer solo al relato y empieza a colarse en la realidad de los personajes.
Muchos artistas del periodo Edo ya habían fijado ese imaginario en estampas y pinturas. Más tarde, autoras, autores y cineastas del llamado J-horror retomaron muchos de esos recursos. De hecho, cuando pensamos hoy en ciertos fantasmas japoneses del cine, hay bastante de Hyakumonogatari detrás, aunque no siempre lo notemos a primera vista.
Y no hace falta estar en Japón para que siga funcionando. Todavía hoy se organizan veladas inspiradas en este juego, a veces con velas reales, otras con luces eléctricas o linternas. Lo importante no es tanto el decorado como la combinación de oscuridad, historias y esa pregunta que siempre queda flotando: ¿te quedarías hasta la última luz?
Qué significa Hyakumonogatari para Makoto
En Makoto entendemos Hyakumonogatari como una puerta de entrada al Japón de lo inquietante. Nos interesa porque reúne varias cosas a la vez: el placer de contar, el miedo compartido, la tradición oral, la fuerza de lo literario y la manera en que una cultura imagina sus fantasmas.
Por eso hemos dado ese nombre a nuestra colección Hyakumonogatari, dedicada a libros japoneses en los que los fantasmas, las voces extrañas, los rituales olvidados, los espacios inquietantes y el horror psicológico tienen un papel importante. Nos interesan tanto los kaidan clásicos como las reinterpretaciones modernas y las nuevas voces que siguen dialogando con esa tradición.
La idea es que, al abrir uno de esos libros, sientas algo parecido a lo que prometía el antiguo juego: que cada historia enciende una luz durante un momento, pero también deja a su alrededor una oscuridad un poco más densa.
